UN ALMA ERRANTE (*)
Que diferencia el centro y del afuera de las avenidas? Probablemente en el centro pueda comer y encontrar donde dormir. Caen las primeras heladas de este otoño y mis huesos parece que recibieran miles de agujas en cada milímetro de mi piel.
Camino las calles buscando la nada. Paso por lugares donde la gente come, miro, mi estómago también y se queja, duele. Alguien, un pibe, desde una rotisería se apiada y me ofrece un pedazo de pizza. Dos mujeres me miran, huelen y cruzan de vereda con una terrible cara de asco y miedo. Lo sé, mi aspecto es de loco y desahuciado, seguramente si me miro ante un espejo, yo también tendría la misma sensación.
El sol ya no está y el frio no me perdona, mis manos están duras. Lo que en un tiempo fueron guantes, son solo jirones de lana que cuelgan entre mugre y humedad.
Sigo caminando, revuelvo los contenedores buscando algo que ni yo se. Encuentro una colilla de cigarrillo a medio terminar, trato de encontrar alguien que me dé fuego. El humo me hará compañía, calentará mi cara también.
Paso por una tienda que ya cerro sus pesadas cortinas de metal y junto unos cartones que dejaron en la vereda. Me voy desde la esquina al banco donde dentro de sus cajeros podré dormir esta noche. Busco un rincón algo más cálido que me proteja del viento y me resguarde.
Entredormido siento un calorcito en mi pecho, un viejo perro, tan viejo, sucio y solo como yo, apoya su cabeza en mí. Saco del bolsillo, donde tengo una estampita que alguien me regaló para aliviar su conciencia, algo de pizza que guardé y le convido. Por una noche quizás ya no me sienta tan solo. En la mañana tendremos que soportar las patadas que el guardia nos dará a los dos para que el banco luzca inmaculado para los clientes. Después los dos nos volveremos a sumergir en el olvido de la ciudad –
(*) MIGUEL MEDINA
