PARA CLARÍN Y LA NACIÓN, UN ÍDOLO SOLO A MEDIAS
NOTAS DE DESCALIFICACIÓN A DIEGO MARADONA POR SU ORIENTACIÓN POLÍTICA
Por Hugo Muleiro
El pueblo argentino apenas empezaba a tramitar la magnitud de la pérdida y el velatorio llevaba solo un puñado de horas cuando Clarín y La Nación, con una base argumental idéntica, se lanzaron al unísono a condenar lo que de Diego Maradona les resulta intolerable: sus inclinaciones políticas, el cariño recíproco con Fidel Castro, Hugo Chávez y Cristina Kirchner y, en suma, su evidente identificación con las causas populares.
Como resultado colateral, esta postura política es puesta también al servicio de la estrategia editorial permanente, de oposición frontal al gobierno de Alberto Fernández, al que se le dedican condenas por organizar el ritual de despedida en la Casa Rosada.
El título del comentarista Carlos Pagni en la portada de La Nación del jueves 26 sintetiza la distancia de fondo, insalvable, entre estas empresas que batallan por la defensa de intereses de castas minoritarias y la proximidad permanente de Diego con los anhelos y sueños propios de la gente de la barriada en la que nació y que siempre llevó consigo, aún en períodos en que pareció estar tan lejos de ella: “El ídolo que no pudo gambetear a la política”.
Nadie puede sorprenderse porque columnistas de estos medios repudien las identificaciones políticas de Maradona o que intenten menospreciarlas, aprovechándose de momentos en que el ídolo pareció contradecirse, por la proximidad temporal con figuras contrapuestas a esos mismos anhelos y sueños.
En cambio, la definición sobre la supuesta imposibilidad de Diego de “gambetear a la política”, así como la frase que publica el editor de Clarín, Héctor Gambini, “su rostro de ícono usado en política”, desnuda una definición ideológica, cultural y de clase profunda y revulsiva. Porque conlleva la convicción de que el Pibe de Fiorito era incapaz de tomar sus propias decisiones y que carecía de la inteligencia para adoptar una postura propia y actuar en consecuencia, eligiendo simpatías y amistades, apoyos y compromisos.
Claro que, según se mire, estas expresiones al fin pueden ser rastreadas en el ADN doctrinario de estas empresas periodísticas, el de toda su vida: la participación de los sectores populares, la presencia de los desarrapados que copan plazas y calles y son inesperadamente visibles, siempre fueron estigmatizadas, presentadas como consecuencia de una manipulación, aborrecidas, valiéndose de notas editoriales más o menos elaboradas en defensa de la supremacía o de las más brutales descalificaciones: “vienen por el choripán y la gaseosa”.
Detrás de este descomunal desprecio por las elecciones políticas de Maradona está también la banal defensa de los intereses corporativos para los que estos redactores escriben: Pagni evoca con disgusto el apoyo de Diego a una de las decisiones de Cristina Kirchner que más enfureció a Clarín y sus aliados, la creación de Fútbol Para Todos.
Esta espina en la caja del grupo amerita frecuentemente frases y comentarios de desprecio hacia la estructura del fútbol y su dirigencia, con la muy notable excepción del período de alianza comercial estrecha entre Clarín y Boca Juniors, punto de partida de la carrera política de Mauricio Macri, tiempos de celoso blindaje y censura ante la infinidad de denuncias de negociados y corruptelas, incluyendo trasferencias de jugadores y hasta el uso de algún crack como testaferro al servicio de la acumulación del clan.
Estas líneas políticas y empresariales de fondo están rodeadas por habituales embestidas políticas de oposición y por algunas evidencias de la miseria y el grotesco mediático nacional. Clarín se jactó de haber dado la primicia mundial y lo hizo notar en la primera pantalla de su versión en línea del fatídico 25 de noviembre. En el artículo del día siguiente, Gambini insiste en exaltar la supuesta proeza, pero después de esta miserable jactancia viene la descalificación a Maradona y al Presidente: “Su homenaje final en el templo del Gobierno en lugar de un templo del fútbol no estará exento de la especulación política”.
Pagni hace un razonamiento calcado: dice que Raúl Alfonsín no quiso ir a recibir la copa del mundo en 1986 y que solo “cedió el balcón” de la Casa Rosada para las celebraciones de aquellos días, pero a Fernández, “su discípulo, no le sale hacer lo mismo con el luto”.
Pero esto tampoco alcanza para desplegar la línea contra el Gobierno. Por eso La Nación llega al extremo de publicar una “noticia” en su portal el jueves 26: la animadora televisiva Canosa “se enojó” por la ceremonia en la Casa Rosada. Esa es la “información” que el diario dedica a las y los lectores.
Son, no obstante, días para vender: tomar distancia de la identificación popular con el ídolo e ignorar o minimizar el dolor que estremece al país sería inconducente, pero en estas notas de opinión brota la desaprobación de fondo. Y no es para menos: el fútbol mundial lo conoció jugando para Argentinos Juniors, la divisa de la que es fanático el presidente Fernández. Y sus últimas funciones fueron con los colores de Gimnasia y Esgrima de La Plata, con los que se identifica Cristina Kirchner. En el medio, reivindicó permanentemente al Che Guevara y se lamentó por no haber podido conocer a Juan Domingo Perón.
Diego los gambeteó de principio a fin.
