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*Por Julio Bulacio.

Hablar de San Martín es, en general, hablar de El Gran Capitán, el estratega militar, o hablar de su virtud personal, la austeridad y, un poco menos, – en un país que padece el virus del personalismo – hablar de su capacidad para priorizar el proyecto colectivo y no su propio lugar “en la Historia”. Aquí profundizaremos en las razones políticas que le hicieron empuñar la espada… y desconocer la deuda externa.   

San Martín regresa a Latinoamérica

El 9 de marzo de 1812 desembarcó en el puerto de Buenos Aires, proveniente de Londres el entonces teniente coronel de Caballería José de San Martín. Decidía abandonar 20 años al servicio de España para ponerse a disposición de la causa americana. 

San Martín nació en Yapeyú, hoy provincia de Corrientes, el 25 de febrero de 1778 y luego de aprender las primeras letras en Buenos Aires viajó a España e ingresó a los 7 años al Seminario de Nobles de Madrid. Su primera instrucción fue universal y rigurosa: desde francés y latín al baile y violín, pasando por las materias tradicionales (matemáticas, física) así como esgrima y equitación junto a filosofía moral y metafísica, entre otras asignaturas.

A los 12 años, en 1789 – cuando estalla la gran revolución francesa – inició su carrera militar en el Regimiento de Murcia. A partir de allí participó en diferentes guerras y batallas, pero su experiencia vital fue en la resistencia al invasor cuando en 1808 Napoleón invadió España.

es vital porque hubo aprendizajes significativos. El hecho: Napoleón invadió y obligó a abdicar al rey Carlos IV en beneficio de su hijo Fernando VII, para finalmente entronizar a su hermano José Napoleón. Frente a la ocupación napoleónica, la clase dominante aceptó sin más el hecho, incluso poniéndose al servicio del conquistador. Napoleón consideraba – escribió Marx en el New York Daily Tribune – “a España un cadáver exánime”, igual que la propia nobleza española. Pero – proseguía Marx – “tuvo una sorpresa fatal al descubrir que, si el Estado español estaba muerto, la sociedad española estaba llena de vida y repleta, en todas sus artes, de fuerza de resistencia”. Es decir, mientras las clases dominantes se entregaban al dominio extranjero, el pueblo se levantaba en armas espontáneamente, primero en Madrid – y aunque fue aplastado- inmediatamente se produjo la insurrección en Asturias y en Zaragoza, aunque también fueron derrotadas. Sin embargo, la resistencia se organizaba a través de la “guerra de guerrillas”. Y en ese movimiento de pueblo en armas participó José de San Martín al frente de la guerrilla de Guadalquivir, y luego en la célebre batalla de Bailén (18 de junio de 1808) en la cual fue derrotado el ejército francés, pese a su superioridad técnico militar.

Varias conclusiones sacaría San Martín de esa etapa. En primer lugar, la deserción de la clase dominante frente al invasor, abandonando al estado nacional. Por otra parte, que es el pueblo, con su activa y autónoma presencia, quien encarna lo nacional. Por último, una posible conclusión de ese “pueblo en armas: el factor subjetivo, la convicción y el ánimo eran fuerza material también en la guerra (Bailén era el ejemplo más claro) y la táctica de guerrillas podía ser efectiva frente a un ejército de línea militarmente superior.  

La Logia Lautaro y la estrategia revolucionaria

De ese aprendizaje y balance fue su decisión de incorporarse en 1811 a la Logia Lautaro. La Logia Lautaro fue parte de un proyecto político organizado por un colectivo de hombres con afinidad ideológica. La Logia nació en Europa en un momento en que “las provincias unidas del Rio de la Plata se revolucionaron (…) pero desgraciadamente sin sistema, sin combinación y casi sin otro designio que el que indicaban las circunstancias, los sucesos, los accidentes” (Constitución Matriz de la Logia). Es decir, nació para unificar voluntades, darle forma organizativa y estratégica a la lucha – y no mero tacticismo/ pragmatismo -, unificando las fuerzas motrices independentistas. Fue esa Logia la que retomó primero los postulados de Mayo de Moreno y Castelli e impulsó con la acción directa del 8 de octubre de 1812 la Asamblea del Año XIII, hegemonizada por el ala izquierda, jacobina,  liderada por Bernardo de Monteagudo. Y fue esa Asamblea el nuevo punto de arranque para la futura declaración de la Independencia de 1816, como parte del proyecto continental – ya soñado por Francisco de Miranda – de crear la Confederación de Repúblicas en América Latina. Ni más ni menos.    

Y ese proyecto, San Martín – acompañado por Monteagudo – lo desplegó cuando ejerció el gobierno, luego de haber derrotado militarmente al español y parido la independencia del Perú.

 Perú: poder con límites y reformas estructurales

San Martín era un dirigente y militante orgánico de la Logia Lautaro y como tal impulsó su programa. Luego de participar en la liberación de Chile y Perú, fue designado Protector de Perú y puso a cargo del Ministerio de Guerra a Bernardo de Monteagudo, un hombre ligado al ala izquierda del Proyecto de Mayo.

Un primer rasgo a destacar de San Martín en Perú fue que para imponerse límites como Protector estableció una norma escrita a la que todos debían atenerse: el Estatuto Provisional emitido en Lima el 8 de octubre de 1821. En él, se reconocía la soberanía del pueblo al darle a ese mismo estatuto carácter de transitoriedad hasta que “se declare la independencia en todo el territorio de Perú, (y) se convocará inmediatamente a un Congreso General que establezca la Constitución permanente y forma de gobierno que regirá en el estado.”

Esa limitación, sin embargo, no le impidió impulsar en el gobierno las reformas estructurales que hiciesen posible el éxito de la revolución independentista. Para ello, actuó con mano de hierro frente a los conspiradores y contrarrevolucionarios, impuso empréstitos forzosos y confiscaciones a los ricos y desplegó el Programa de la Logia Lautaro: instituyó la división de poderes, abolió el servicio personal de los indígenas, los tributos, las encomiendas, la mita y yanaconazgo, instituyó la libertad de vientres y se ofreció la emancipación de los esclavos que quisiesen incorporarse en las armas independientes.

Pero un aporte, especialmente vigente hoy, fue su posición sobre la deuda externa.

San Martin precursor también de La Deuda odiosa

San Martín planteó con claridad la ilegitimidad de aquellas deudas contraídas para sostener el sometimiento colonial de los pueblos

Interesa – como lo señaló Francisco Cholvis – remarcar la matriz ética de una decisión política audaz, necesaria. Para los dos grandes libertadores de América, Simón Bolívar y José de San Martín, era claro que la deuda contraída amenazaba las condiciones de posibilidad para desplegar el proyecto independentista y establecer un nuevo orden social. Pero la perspectiva de cómo afrontar el problema sería diferente.

Bolívar, quien – como demostró el historiador Luis Vitale – aportó significativamente a la comprensión de la economía latinoamericana afirmó que “odiaba más la deuda que a los españoles”, porque los pueblos para afrontar los gastos de guerra tuvieron que endeudarse con casas financieras usurarias, lo que había generado – para él – un dilema irresoluble porque reconocer la deuda pública significaba dejar de existir y no hacerlo, el oprobio. San Martín, abordó este tema en aquel Estatuto Provisional con más audacia porque estableció que solo serían reconocidas las deudas del gobierno español que no hubiesen sido contraídas para mantener la esclavitud del Perú ni para hostilizar a los demás pueblos independientes de América. En una palabra, toda deuda tomada con fines opresivos sería desconocida.

El carácter vanguardista de esa decisión se observa al mirar que la primera revolución burguesa en América había sido la de Estados Unidos (1776), en cuya Primera Constitución (1777), que era punto de referencia para todos los patriotas latinoamericanos, se establecía que todas las deudas y compromisos contraídos con anterioridad a la adopción de esta Constitución serían igualmente válidos por los Estados Unidos (artículo VI, 1ra parte).

Recién, al finalizar la Guerra Civil del Norte industrialista contra el Sur esclavista (para decirlo simplificando), con el triunfo de los primeros se estableció en el año 1866 que se reconocerían las deudas adquiridas por la Unión, pero se desconocerían todas las contraídas por los estados del Sur. El fundamento fue que como la causa era injusta (sostener la esclavitud) el reclamo también lo era, siguiendo el mismo itinerario ético que había establecido San Martín.

La posición de San Martín anticipó con notable precisión lo que en el siglo XX el jurista ruso Alexander Sack conceptualizó como “Deuda Odiosa”. En 1927, Sack sistematizó esta doctrina estableciendo que una deuda es odiosa cuando fue contraída para un uso contrario al interés de la nación, o del pueblo, o del Estado, no se utilizó en su beneficio y los prestamistas conocían o debían conocer su carácter ilegítimo. Para Sack, el peso de la prueba recae sobre el acreedor, quien debe demostrar que su préstamo no fue destinado a oprimir al pueblo ni a sostener regímenes contrarios a su interés.

Lo innovador del pensamiento de San Martín es que, más de un siglo antes, ya había actuado bajo los mismos principios: el reclamo del opresor es injusto, decía, y por tanto la deuda contraída para sostener la opresión debía ser anulada. (Proclama de Pasco “La libertad es el objeto y la opresión la causa”, 8-9- 1820). Y en eso también coincidía con el hilo conductor de Sack sobre que lo determinante es el para qué se contrajo deuda. El jurista ruso sostenía que la naturaleza del gobierno que tomó la deuda no importa, es decir no importa si fue una dictadura o un gobierno democráticamente elegido. Lo determinante es el uso que se hizo de la deuda. Sack sostenía que un gobierno regular más allá de que el régimen sea dictatorial, de democracia ampliada o restringida – siguiendo la tipología de O Donell –  puede contratar una deuda odiosa.

La razón de la espada

En el recorrido del Gran Capitán y sus distintos aprendizajes se puede observar a un hombre que se formó en una escuela integral y rigurosa, que fue punto de partida para un despliegue creativo en el terreno político y militar. Fue su práctica la que fue forjando el carácter y temple y, sobre todo, fue la experiencia vital en la resistencia la que forjó su visión de rechazo a la clase dominante que había desertado de sus obligaciones y, al mismo tiempo, de valoración del pueblo protagonista, activo y autónomo en sus acciones como referente de la nación.

También aprendió cómo modificar la correlación de fuerzas en el terreno decisivo/militar de todo proceso revolucionario (o de resistencia) con el pueblo en armas al incorporarlo a la táctica de guerra de guerrillas, como se puede observar en “Los infernales” liderados por Don Martín Miguel de Güemes o en las acciones del legendario Manuel Rodríguez en Chile.  

Y en ese contexto tomó la decisión de integrarse a la Logia Lautaro para que su espada se levante detrás de un proyecto colectivo, emancipador e integral para Latinoamérica.

Su gobierno en el Perú expresó un pensamiento estratégico, una voluntad colectiva y una ética profundamente arraigada en el pueblo – nación.

En ese sentido, su enfrentamiento contra las clases dominantes y los poderes financieros no fue para San Martín un gesto aislado, sino parte estructural de su concepción revolucionaria. A tal punto, que su rechazo de las deudas impuestas por el opresor lo vincula con tradiciones posteriores, como la doctrina de la deuda odiosa, y lo proyecta como una sombra ética sobre los gobernantes que han aceptado pagar una deuda injusta impuesta contra los intereses del pueblo – nación. Recordemos de nuevo la Proclama de Pasco: la deuda contraída para sostener la opresión debía ser anulada.

San Martín entendió que la libertad no se limitaba a romper las cadenas con el colonialismo, sino que era necesario tomar decisiones éticas – políticas que permitiesen construir un nuevo Orden Social. Pero más, pensar que luego de 45 años de democracia con gobiernos electivos en que todos decidieron ser “pagadores seriales”  de una deuda externa odiosa, injusta en su origen y contraria a los intereses del pueblo- nación marca la diferencia ético política entre el Gran Capitán y la casta o partidos de este viejo e injusto Orden.

Bibliografía consultada:

-Busaniche, José Luis: San Martín vivo. Buenos Aires, Nuevo Siglo 1995.

-Cholvis, Jorge Francisco: La Deuda externa y San Martín. Realidad Económica nº 202, marzo 2004.

-Nadra, Fernando: La herencia libertadora y pacifista de San Martín. Buenos Aires, Fundamentos, 1950.

-Touraine, Alan: Entrevista a Éric Toussaint: «Argentina tiene la facultad de rechazar el pago de la deuda». https://revistamugica.com.ar/entrevista-a-eric-toussaint-argentina-tiene-la-facultad-de-rechazar-el-pago-de-la-deuda/

-Vitale, Luis: Historia de la deuda externa Latinoamericana. Buenos Aires, Sudamericana, 1986.

————–: El guerrillero Manuel Rodríguez y la independencia de Chile. Folleto, Libros del retorno, s/f.

(*) Historiador – publicado en Huella del Sur

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