Dia de la Soberanía. El 20 de noviembre y la soberanía que nunca fue: de la Vuelta de Obligado a Milei
El Día de la Soberanía Nacional conmemora la batalla de la Vuelta de Obligado, cuando las fuerzas de Juan Manuel de Rosas se enfrentaron a la poderosa flota franco-británica, entonces las dos potencias más influyentes del mundo. Como ocurre con todo hecho histórico relevante, cada gobierno reinterpretó este episodio según sus necesidades políticas y coyunturales. En esta nota proponemos una relectura crítica de aquellos acontecimientos para analizar tanto el hecho en sí como las miradas que se construyeron sobre él a lo largo del tiempo. Entre la épica patriótica y las cadenas invisibles del poder, la historia y la política actual muestran que la soberanía nacional sigue siendo un terreno de disputa permanente.
Una batalla desigual
La batalla de la Vuelta de Obligado fue el episodio más emblemático de la resistencia del Estado rosista frente a la intervención anglo-francesa de 1845. Las potencias buscaban imponer la libre navegación del Paraná para comerciar directamente con las provincias del interior y Paraguay, evitando el control aduanero de Buenos Aires. Rosas, decidido a mantener el monopolio del comercio exterior y proteger los intereses de la elite terrateniente bonaerense, ordenó cerrar el río con gruesas cadenas sostenidas por pontones y fortificar las barrancas. El 20 de noviembre, la flota imperial —con tecnología y armamento muy superiores— rompió el bloqueo tras horas de combate. Aunque militarmente fue una derrota, el episodio se transformó luego en un símbolo de resistencia frente al avance imperialista.
Los usos del presente
Cada noviembre, mientras las banderas flamean y los discursos oficiales hablan de independencia y orgullo nacional, se recuerda la batalla de la Vuelta de Obligado. El feriado del 20 de noviembre, conocido como el Día de la Soberanía Nacional, parece condensar en unas pocas palabras la idea de una nación que defendió su autonomía ante las potencias extranjeras. Pero detrás de esa fecha —convertida en símbolo patrio y ritual de escuela— se esconden conflictos políticos, disputas de clase y una historia mucho más ambigua de lo que los manuales suelen narrar.
El 20 de noviembre de 1845, en las barrancas del río Paraná, las fuerzas de Juan Manuel de Rosas —representadas por el general Lucio Mansilla— enfrentaron a las poderosas flotas de Francia e Inglaterra. El combate fue breve y sangriento. Las cadenas que cruzaban el río para impedir el paso de los buques europeos fueron destruidas bajo el fuego enemigo. La derrota militar del ejército local fue evidente, pero la narrativa posterior transformó esa caída en un triunfo simbólico: el pueblo argentino había resistido, se dijo, y había defendido su soberanía.
En esa construcción simbólica se apoya buena parte del feriado actual. El relato de una nación heroica enfrentando al imperialismo encaja perfecto en una idea de “identidad nacional” que necesita héroes y gestas. Pero lo que suele quedar fuera es quiénes peleaban, por qué lo hacían y en nombre de quién. Las tropas de Rosas no eran un ejército popular: estaban compuestas por soldados reclutados a la fuerza, gauchos y milicianos subordinados al poder terrateniente que el gobernador bonaerense representaba con mano de hierro.
Rosas y la soberanía de clase
Juan Manuel de Rosas es, quizás, uno de los personajes más debatidos de la historia argentina. Para algunos, símbolo de orden y defensa nacional; para otros, un tirano conservador que gobernó al servicio de la elite rural. Lo cierto es que su poder se apoyaba en una estructura social profundamente desigual: grandes estancieros dueños de la tierra, comercio concentrado en Buenos Aires y un sistema de lealtades basado en la coerción y el miedo.
La llamada soberanía nacional, bajo su gobierno, tenía límites claros: no era la soberanía del pueblo, sino la del Estado controlado por una clase dominante. Las medidas proteccionistas y la resistencia al libre comercio inglés no respondían necesariamente a un proyecto de independencia económica popular, sino a la defensa de los intereses de la oligarquía ganadera que veía amenazado su monopolio del puerto y del comercio exterior.
Desde una mirada crítica, Rosas no puede ser entendido como un “antiimperialista” ya que está definición no se adecua a su tiempo. Además, su régimen persiguió opositores, reprimió a los sectores plebeyos y concentró el poder político y económico en Buenos Aires. Esa concentración fue uno de los grandes obstáculos para la organización federal que se consolidaría recién después de la batalla de Caseros, en 1852.
El uso político de la historia
La figura de Rosas y la conmemoración del 20 de noviembre han sido resignificadas a lo largo del tiempo. Durante el siglo XX, distintos gobiernos apelaron a su legado según sus necesidades políticas. El peronismo, por ejemplo, lo reivindicó como un antecedente del nacionalismo popular, rescatando su resistencia frente a las potencias extranjeras. En contraste, sectores liberales y conservadores prefirieron borrar su imagen, asociándolo con la barbarie y el autoritarismo.
Esa disputa simbólica muestra cómo la historia no es un relato cerrado, sino un terreno de lucha. Cada generación interpreta el pasado según su presente. En las últimas décadas, la reivindicación de la soberanía nacional se ha vuelto un lugar común en el discurso político argentino: desde la defensa de los recursos naturales hasta las políticas frente al FMI, la palabra “soberanía” funciona como emblema moral, aunque muchas veces vacía de contenido real.
Lo mismo ocurre con el feriado: se celebra una independencia abstracta mientras el país sigue atado a las lógicas de endeudamiento, dependencia económica y desigualdad estructural, entonces eso implica necesariamente cuestionar quién controla los medios de producción, los recursos y las decisiones políticas.
Soberanía hoy: de la Vuelta de Obligado al siglo XXI
A casi dos siglos del combate, la palabra soberanía sigue resonando. Pero, ¿qué significa en una Argentina dependiente de los mercados internacionales, condicionada por la deuda externa y atravesada por la desigualdad? Las cadenas del Paraná ya no son de hierro, pero siguen existiendo bajo otras formas: deuda, extractivismo, fuga de capitales, subordinación política.
Recordar el 20 de noviembre debería servir para repensar esas nuevas formas de subordinación. Así como las potencias europeas pretendían imponer su libre comercio en 1845, hoy los organismos financieros dictan políticas económicas que afectan directamente la vida de millones. La lucha por la soberanía, entonces, no pertenece al pasado: sigue siendo un terreno de disputa actual, social y política.
Milei y la soberanía del mercado
El gobierno de Javier Milei representa una ofensiva sin precedentes contra cualquier forma real de soberanía nacional y popular. Su proyecto de “libertad económica” —sostienen— no busca emancipar al país, sino profundizar la dependencia del capital financiero internacional y de los grandes grupos económicos locales. En nombre del “ajuste”, el gobierno entrega los recursos naturales, desmantela conquistas laborales, reduce presupuestos en salud y educación, y subordina la economía al dictado del FMI.
Lejos de romper las cadenas de la dependencia, las refuerza: abre paso a la privatización de empresas estratégicas, impulsa la extranjerización del litio y de la energía, y convierte la palabra “soberanía” en un eslogan vacío. Desde esta mirada crítica, Milei no encarna una ruptura con la vieja política, sino su versión más brutal: la continuidad del poder económico concentrado bajo un discurso libertario. La “soberanía del mercado” reemplaza a la soberanía del pueblo, y la independencia nacional queda reducida a una ficción neoliberal.
El mito y la memoria
El combate de la Vuelta de Obligado fue una derrota militar, pero los objetivos principales de la ofensiva anglo-francesa no se cumplieron. De hecho no lograron imponer el libre comercio total. El ejército de las Provincias Unidas, más allá de su dirección oficial y política, luchó contra la agresión de las principales potencias del momento mostrando un afán de proteger los intereses locales,la memoria oficial que después lo transformó en símbolo de resistencia.
Esa resignificación tiene sentido político: toda nación necesita mitos fundacionales que justifiquen su existencia y cohesionan identidades diversas. Pero el problema surge cuando esos mitos ocultan las contradicciones de clase y los conflictos internos.
Rosas, presentado como “defensor de la soberanía”, fue al mismo tiempo un caudillo que gobernó para la elite terrateniente, reprimió las montoneras federales del interior y consolidó el poder porteño sobre el resto del país. Su “orden” fue también terror político: listas negras, espionaje, persecuciones y censura. La lealtad a la patria se confundía con la obediencia al Restaurador.
Recordar el 20 de noviembre sin mencionar esa dimensión autoritaria es reducir la historia a una postal patriótica. La soberanía no puede medirse sólo en términos militares o diplomáticos, sino en función de las relaciones sociales que la sostienen.
Memoria para la lucha
Volver sobre Rosas y la Vuelta de Obligado no implica negar el valor simbólico de la resistencia, sino recuperar la complejidad histórica. La soberanía no puede ser monopolio de una clase o de un gobierno; debe ser una oportunidad para repensar el pasado y pensar un futuro. Rescatar las resistencias pasadas contra gobiernos imperialistas e invitar a soñar futuras resistencias contra el imperialismo.
Quizás el verdadero sentido del 20 de noviembre no esté en las cadenas del río, sino en la posibilidad de romper otras cadenas menos visibles: las del silencio histórico, la desigualdad y la dependencia.
(*) publicado en la Izquierda Diario
